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Hacer o no hacer lo correcto; esa es la cuestión

Actualizado: 23 de oct de 2018



¿A quién le gusta masticar un sapo? Un sapo es feo, viscoso y repugnante. Así son las cosas que rechazamos hacer; sapos desagradables que no queremos ni ver. Un “sapo” es una tarea que aparcamos, una persona que no deseamos ver, unas palabras que no queremos pronunciar. En fin, una decisión que no queremos tomar. Nos gustaría evitar los sapos, que no existieran, pero están ahí. Nos comemos uno, dos, tres… Creemos que se han acabado, ¡pero no! Al poco tiempo aparece otro, y otro más… Podemos minimizar la presencia de los sapos, pero nunca desaparecerán. Más pronto que tarde volverán al plato. Algunos se podrán compartir; sin embargo, siempre aparecerá un sapo para mí, solo para mí.


Entre todos los sapos, existe uno gordo e inmundo que nunca deberemos comer. Tiene un nombre; se llama “no hacer lo correcto”. Si te acostumbras a comerlo, con el tiempo, la gente que te conoce notará que ya no eres la misma persona; tu mirada perderá su limpieza y se hará esquiva y sombría; podrás deslumbrar con tus éxitos, pero no irradiaras vida.


Más allá de cálculos egoístas, Martin Luther King Jr. encarnó un modelo moral que influyó en la sociedad norteamericana y contribuyó poderosamente a transformar el statu quo de los derechos civiles. Pocos días antes de su asesinato explicó qué era para él hacer lo correcto: “La cobardía pregunta: ¿Es seguro? La conveniencia pregunta: ¿Es políticamente aceptable? La vanidad pregunta: ¿Es popular? Pero la conciencia pregunta: ¿Es lo correcto? Y llega un momento en el que una persona debe tomar una posición que ni es segura, ni es políticamente aceptable, ni es popular, pero debe de ser adoptada porque es lo correcto”.


James F. Parker fue director general de Southwest Airlines tras el 11-S, una época muy dura en el sector de las aerolíneas. En aquel tiempo, las grandes compañías despidieron a muchos de sus empleados, rebajaron las retribuciones y los clientes empezaron a sufrir las consecuencias de un servicio precario. Parker se desmarcó de las recetas del management mecanicista e hizo justo lo contrario: la política de despidos se redujo a la mínima expresión, mantuvo el nivel salarial y reembolsó el importe de los billetes a todos aquellos clientes que lo exigieran. Estas decisiones estaban fundamentadas en la identidad profunda de la organización y en el compromiso real de su gente con la misión de esta aerolínea. Parker hizo lo correcto, y al hacerlo consiguió un modelo de negocio alejado del estándar —comúnmente aceptado— del beneficio a corto plazo.


Nos gustan las decisiones seguras, las políticamente aceptables y las que todos van a aplaudir, ¿pero son correctas? Tomás Moro lo tenía claro y no se doblegó. Canciller de Enrique VIII, no quiso reconocer la autoridad del rey como jefe autoproclamado de la Iglesia de Inglaterra; se resistió a no hacer lo correcto durante 15 meses de prisión que terminaron con su decapitación. Gerard Wegemer, uno de sus biógrafos cuenta que su buen humor y su calma durante el tiempo que pasó en cautiverio en la Torre de Londres eran “fruto de la atención habitual que prestaba a su conciencia, lo que le permitió evaluar las exigencias particulares de cada situación a la vez que tenía puestos los ojos en la eternidad”.


Si no formamos la conciencia, la vida se convierte en un juego amoral de estrategia donde todo vale con tal de lograr el resultado deseado. En cambio, si nos importa la verdad, si la buscamos con empeño, entonces entramos en el luminoso campo de la virtud de la prudencia, en aquella “claridad de la decisión del que ha resuelto hacer la verdad”, Josef Pieper.

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