Tristeza y melancolía no las quiero en casa mía



Hace tiempo, Pilar y yo llegamos por primera vez a casa de unos amigos. Sonrisas, saludos, abrazos… En un lugar destacado del vestíbulo, un azulejo pintado llamó mi atención. Recreaba a Teresa de Jesús en el interior del convento de la Encarnación; fuera, las murallas de la ciudad de Ávila así lo confirmaban. Debajo de la escena, una frase de la santa: «Tristeza y melancolía no las quiero en casa mía». La intención de nuestros anfitriones era clara: «Reservado el derecho de admisión. Aquí no entra nadie de cara torcida ni gesto duro» —me dije. La velada fue inolvidable y nuestros amigos hicieron honor al lema de su baldosa. Sin embargo, aquella frase me interpelaba.


Veamos, la abulense, en esto de enfrentarse a la tristeza, era implacable: «Un santo triste es un triste santo» —afirmaba categórica. Y repetía también: «Dios nos libre de los santos encapotados». La mujer que escribió, «vivo sin vivir en mí, y tal alta vida espero, que muero porque no muero»; esa mujer, la que sufrió tantísimas penalidades, cerró la puerta de sus moradas interiores —también las de sus monjas— a ese sentimiento destructor que le hunde a uno en el dolor, en el pesimismo y la desconfianza.

Dios nos libre de los santos encapotados

El mundo emocional es muy complejo, pero, al menos para andar por casa, distingamos la emoción del sentimiento. Una emoción es una reacción consecuencia de una causa. Desaparecida la causa, la emoción se atenúa o desaparece. Y en el caso de que persista, entonces sí, nos encontramos ante un sentimiento profundo, duradero. Santa Teresa vivió un carrusel de emociones intensísimas, sin embargo, en ella persistía, entre otros, un sentimiento de confianza insondable, no en su propia voluntad o talento, sino en el mismo Dios.


El dolor duele. Aunque algunos no lo reconocen. Quizás sean un poco psicópatas. Como aquel que fue a visitar a un enfermo; abrió la puerta de la habitación y allí estaba, postrado en la cama, con la mirada perdida, retorcido de dolor. Nuestro samaritano se acercó al lecho del calvario, le puso la mano en el hombro y dijo entusiasta: «¡Fulano, pero que buena cara tienes!». A veces, con la mejor intención, nos comportamos como cretinos, hiperpositivos o happyflower. Teresa era de lo más normal, de esas normalidades de «juicio reposado, nada arrojado, sino lleno de madurez y de cordura» [1].

A veces, con la mejor intención, nos comportamos como cretinos, hiperpositivos o happyflower

El dolor tocó su corazón muchas veces, por ejemplo, cuando supo de las iniciativas de la reforma luterana. Así lo cuenta: «Determiné hacer eso poquito que yo puedo y es en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo». Eso era lo que estaba a su alcance, y eso fue lo que hizo.


Teresa vivió tiempos de transformaciones geográficas y cambios de paradigma: el descubrimiento de América, la creciente influencia europea sobre África y Asia, el impulso del comercio, los estados modernos, las universidades, la imprenta… Un telediario de la época nos mostraría un escenario, si cabe, tan conflictivo como el nuestro. Los acontecimientos de aquel entonces y las flaquezas humanas —empezando por las suyas propias— le afectaron, por supuesto, pero no se doblegó.


Si llevara una temporada triste y melancólico, si tuviera hoy ocasión de pedirle consejo a la Santa… ¿Qué me diría? Con el debido respeto, me atrevo a fabricar la respuesta con las claves de su alegría, honda, serena:


La gracia del Espíritu Santo sea con vuestra merced.

Veo espantada que tiene el alma harto perdida de tanto mirarse para sí. Recuerde quien es y déjese acomodar por la humildad. Lo demás es niñería y encantamiento. Es gran peligro abandonarse a la tristeza y a la melancolía. Créame, ni todo es culpa suya, ni todo está perdido. Encomiéndese a Nuestro Señor, levante el ánimo presto, y luego no haya miedo, aunque más reveses y penas tenga, consuelos y sosiegos ha de haber muchos. No se olvide, que por ventura habéis menester estos consejos, y agradezca siempre el bien que Dios nos ha hecho.

Le encomiendo ahora para que Nuestro Señor le lleve a buen entendimiento y no ansíe otra oración sino la que le hiciese crecer las virtudes. Mucho me holgaría que así lo hiciese».


De Ávila 10 de septiembre de 2021




[1] El Padre Francisco de Ribera, primer biógrafo de Teresa de Ávila recuerda lo dicho por María de San José, una de las prioras predilectas