La mirada lo cambia todo



Hace poco un amigo me decía: «Sabes, antes veía el vaso medio lleno o medio vacío. Ahora lo veo siempre lleno». Una enfermedad grave —una de esas que le dejan a uno en la cuneta— le cambió la mirada para siempre. Fue un tiempo doloroso, pero útil; descubrió lo que de verdad importa y, para él, eso que importa, ahora es tan grande que cualquier amargura sucumbe en su presencia.


De vez en cuando, alguien cuestiona su mirada: «Es inevitable, tarde o temprano terminará derramando el agua por una de las grietas del vaso: la perdida de un ser querido, un dinero que no alcanza, alguna que otra calumnia, una salud frágil, la soledad…». Sin embargo, sea cual sea la grieta, nada ni nadie le tuerce la vista. «Dios lo llena todo», me dice.


Otros afirman que es un lunático. No lo es, basta echar un vistazo a su vida: ¿histeria?, ¿fanatismo?, ¿desequilibrio? Nada, cero. La paz, la confianza prevalece ante el dolor. Es un bienaventurado, lo tiene todo, nada le falta; porque Dios, vivo y vibrante, llena por completo todas las moradas interiores. Una experiencia real y profunda de Dios lo habita; a pesar de los desprecios: «Pobre, calumniado, enfermo… ¿y bienaventurado?... ¡¿Dónde estamos?!».

Lo tiene todo, nada le falta

Un acontecimiento inesperado tambaleó los cimientos del castillo: la enfermedad, la muerte al acecho. La fragilidad lo envolvió y regresaron aquellas preguntas sin respuesta: «¿Quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?». Son las grandes cuestiones sobre el sentido que la condición de hombre retrete —«¡estoy siempre tan ocupado con mis cosas!»— tenía congeladas. «Ya habrá tiempo», decía él. Hasta que apenas quedaban granos en el reloj de arena.


Una noche tuvo un sueño. Allí estaba, mirándose en el féretro: el cuerpo frio, envuelto en el sudario… «Se acabó. ¿Y ahora qué?». Una voz respondió: «Ahora, solo queda Dios». De pronto, una película: «¡Eh! ¿Ese soy yo! ¡Es la película de mi vida!». Un largometraje, una superproducción desplegada ante él; desde que tenía uso de razón hasta el final de sus días. La sinopsis era sencilla; una palabra, en mayúsculas: «YO». Esa había sido la razón de su vida: la propia satisfacción, al precio que fuera. En aquel momento…, vistas las secuencias…, sintió dolor y vergüenza; el dolor, la vergüenza que siempre rebotaban en su corazón de piedra. Y es que un chorro de luz había invadido su conciencia. «Pero ¿qué he hecho con mi vida?» —repetía una y otra vez—. Y entonces, despertó.

Esa había sido la razón de su vida: la propia satisfacción, al precio que fuera

«Todo fue tan real, tan de verdad… ¡Bendito sueño!» —me dijo. «Lo escribí todo aquí, en detalle, tal y como fue». Me enseñó una agenda roja de Moleskine, del tamaño de una billetera. «La llevo siempre conmigo y cada mañana al levantarme y por la noche, antes de dormir, leo en alto mi sueño. Es una oración. Es mi evangelio. Dios lo grabó en mi mente para recordarme algo: que el mundo no gira a mi alrededor —dijo rotundo, con los ojos humedecidos—. De esta, Dios me ha rescatado, pero un día… moriré. No habrá una segunda oportunidad. Para entonces, quiero que Dios haya escrito mi historia, no yo. ¡Tantos años con la conciencia entumecida…! Él es mi confianza».


De vuelta a casa, en el coche, pensaba para mis adentros: «La vida es la que es, tan real como un vaso de agua, pero la mirada… lo cambia todo: algo viejo y feo se hace nuevo, incluso se embellece; lo imposible es practicable; el Dios escondido se muestra. Aunque, para ver así, quizás no sea necesario un sueño milagroso con un chorro de luz. Un lavado de ojos y listo. ¡Ojos limpios! Sí, eso es lo que hace falta».