Al asalto del Cielo


Todo empezó en 2004, a finales del mes de julio. Compramos varios libros para leer a lo largo de las vacaciones. Entre ellos destacaba uno: Al asalto del Cielo, de Louis de Wohl en la editorial Palabra, en la colección Arcaduz. Pasaron los días y Pilar ya lo había leído. Me dijo: «¡Eugenio, tienes que leerlo!». «¿Por qué me iba a interesar la historia de una monja italiana del siglo XIV?» —me dije. Pero el personaje tenía sustancia. Se trataba de una joven fallecida a los 33 años, analfabeta, hija de un tintorero, y proclamada doctora de la Iglesia y co-patrona de Europa e Italia.


Han pasado 17 años y hoy, para mí, Santa Catalina de Siena es alguien más que una santa reconocida por la Iglesia; es alguien con quien tengo una relación... «familiar», y enfatizo lo de «familiar» porque… la conozco; no solo desde un punto de vista biográfico —en casa tenemos, aparte de sus obras completas, una buena colección de libros sobre su vida y su obra—; Catalina de Siena sabe quien soy, yo sé quien es ella, y nos tratamos, con cierta frecuencia.


Quizás alguien necesite unos datos biográficos sobre la Santa. Nos referimos a Caterina Benincasa —como la llaman los italianos—, nacida en Siena, en la Toscana italiana, el 25 de marzo de 1347, y fallecida en Roma el 29 de abril de 1380. Hija Giacomo Benincasa, dueño de un modesto negocio de tintorería, y de Mona Lapa, madre de 24 hijos, de los cuales solo sobrevivieron 13; Catalina fue la menor de todos ellos.


Para saber quien era Catalina, necesitamos conocer la época en la que vivió. Solo dos párrafos. Siglo XIV. Hasta ese tiempo, la fe era algo incuestionable y se vivía como un único ideal: la construcción de la Cristiandad a través de la evangelización del mundo conocido, incluso a través de las Cruzadas. El orden político mantenía lazos con la autoridad del Papa. Se erigían catedrales, universidades y monasterios. La filosofía, la teología, el arte, la literatura y las ciencias naturales florecían. Sin embargo, el vínculo feudal se desmoronaba. Y así, nacen las «ciudades estado» gobernadas por la nueva burguesía. Se suceden las crisis económicas, las sublevaciones populares, incendios, saqueos, asesinatos, vicios y desordenes. Los turcos llegan a Europa. Comienza el preludio de la escisión protestante. Y, por si faltara algo, la peste, que se extendió por toda Europa aniquilando a 1/3 de sus habitantes.


La fe ya no es tan viva, se debilita el prestigio del Papado y se quiebra la unidad de Europa y de la Cristiandad. Son los tiempos del llamado Papado de Aviñón, entre 1309 y 1376. En aquel lugar de Francia, la corte que rodeaba al Santo Padre llegó a ser tan lujosa y ostentosa que Petrarca la definió como el «infierno de los vivos, letrina de los vicios, la más hedionda de las ciudades». Y Santa Brígida de Suecia se refirió a ella como «ese lupanar en el que se ha convertido la Iglesia». Una época oscura, confusa y contradictoria. En dos palabras: crisis y transición.


Este es el trozo de historia que lo toco vivir a Catalina, hija del dueño de una modesta tintorería, una muchacha sencilla, de escasa cultura, como cualquier otra joven de su edad y circunstancia, pero que guardaba en su corazón una extraordinaria vivencia de Dios acontecida a los seis años. Fue tal impacto de esa experiencia que, según ella misma contó años después a su confesor y biógrafo Raimundo de Capua, «el Espíritu Santo sin ayuda alguna humana, le reveló la vida que siguieron los Padres del Desierto y le propuso imitase a algunos santos, especialmente a Santo Domingo».


Un acontecimiento de esta categoría alimentó la fe de la niña y de la adolescente hasta convertirse en Hermana de la Penitencia de Santo Domingo; una mantellata como entonces llamaban a las terciarias dominicas: cristianas solteras o viudas que, sin ser monjas, llevadas por su afán de perfección, adoptaban ciertas formas de vida de las religiosas, pero sin apartarse del mundo; lo que explica la libertad de movimientos que Catalina tuvo a lo largo de su vida.


Santa Catalina de Siena era/es un caudal de virtud. A pesar de ello, hay tres rasgos de su figura que me fascinan:


1. El primero de ellos es la unidad de vida. Para ella, la vida activa y la vida contemplativa eran un todo armónico, integrado; especialmente en aquella época en la que muchos pensaban que solo se podía tener una vida de unión con Dios fuera del mundo. Catalina cuenta que un día el Señor le dijo: «Amarme a mí y amar al prójimo es una y la misma cosa» (...) «Por mí no puedes hacer nada, pero puedes servir y ayudar a tu prójimo» (...) «¿Acaso has olvidado que salgas y busques almas para mí? ¿Qué ayudes a los necesitados y humilles a los orgullosos?». Catalina trabajó sin descanso en el hospital de La Misericordia atendiendo a enfermos y moribundos contagiados por la peste. Allí dormía dos horas cada tres días y no comía nada excepto la comunión sin que disminuyeran sus energías físicas ni su alegría de espíritu.


2. El segundo rasgo que describe a Santa Catalina es una destacada actuación en la vida pública. Y digo «vida pública», no actuación partidista, porque nunca obró en defensa de intereses políticos exclusivos. Ella lo cuenta mejor: «Yo estoy aquí para que se haga la voluntad de Dios, no para mezclarme en vuestras disputas políticas». Y lo demuestra cuando actúa como embajadora de la Republica de Florencia para negociar la paz con el Papa, y en otra ocasión como enviada del Papa para hacer la paz con la misma ciudad de Florencia. Catalina no buscaba los intereses de Florencia, ni del Papa, sino conseguir la paz. Proclamaba muy alto los derechos de Dios y de la Iglesia, incluso se lo dijo al mismo Papa Gregorio XI en una carta: «No más guerras, Padre mío, no más guerras (...) No me parece en absoluto que Dios quiera que nos apeguemos al poder temporal de manera que ocasionemos la pérdida de las almas... El tesoro de la Iglesia es la sangre de Cristo vertida por el rescate de los hombres, no por los asuntos temporales». Y Catalina lanza su gran grito: «¡Almas, almas!... No ciudades». Y en otra ocasión dijo: «Lo que Cristo nos ganó en el árbol de la Cruz se malgasta ahora con meretrices. Os conjuro, aunque tuvieseis que perder en ello la vida: decid al Santo Padre que ponga fin a tan gran escándalo. Y cuando llegue el momento de nombrar cardenales u otros pastores de la Iglesia, suplicadle que no se deje llevar por la adulación, la ambición o la simonía, y que no se fije en si son nobles o plebeyos, sino que tenga en cuenta únicamente la virtud y la buena reputación, pues eso es lo que ennoblece a una persona a los ojos de Dios...».


3. El tercer rasgo de su figura, para mí fue su reconocida maternidad espiritual. Sus engendrados en la fe hablaban de ella como «la dulce mamá» —la dolce mamma—. Entre sus discípulos había hombres y mujeres, religiosos y laicos, gentes de toda condición y de todas las clases sociales. Hasta sus propios confesores reconocían en ella a una madre espiritual. De hecho, toda la familia dominica la considera como su madre. Sus seguidores más cercanos y en las cartas que entre ellos se cruzaban, ordinariamente, en vez del nombre de Catalina solían decir «la madre». Por ejemplo, a su confesor Fray Raimundo de Capua le saluda de un modo, a primera vista, desconcertante: «Carísimo y dulcísimo padre y negligente e ingrato hijo, en Cristo el dulce Jesús». Su maternidad espiritual llegaba a todos, hasta a los condenados a muerte, como aquel presunto espía de Perusa que se negaba violentamente a reconciliarse con Dios. Ella rompió respetos humanos y convenciones sociales de la época y entró en el lúgubre calabazo en el que se encontraba Niccolò di Toldo, el prisionero encadenado de pies y manos. La unción de las palabras de Catalina fue tan extraordinaria que resquebrajó el corazón de piedra del convicto hasta el punto de confesar sus pecados, asistir a misa y recibir la eucaristía. Catalina estuvo a su lado hasta el fin, rezando sin pausa y acompañándolo en el lugar de la ejecución. Y allí mismo, con la ternura de una madre, tomo entre sus manos su cabeza y la sostuvo hasta que el verdugo la separo del tronco con el golpe sordo de su hacha.


Eran otros tiempos, sí, es cierto. Pero olvidémonos de los tiempos y pongamos el foco en el vigor del personaje. Aquella mujer menuda, frágil, poquita cosa… ¡rebosaba VIDA! ¿Quién no quiere una VIDA así? Yo, al menos, me apunto y doy un paso al frente. Porque yo también quiero enfrentarlo todo con su mismo coraje. Quiero ese corazón de fuego, hoguera de palabras incandescentes. Y, sobre todo, quiero confiar a lo grande, abandonarme en EL ÚNICO capaz de sostener mi flojera. Por eso, Catalina y yo nos tratamos. Ella me acompaña y yo acojo su maternidad, su buen hacer como intercesora; para nunca rendir el estandarte de mi IDEAL y hacer lo que sea necesario, incluso como hizo ella… asaltar el Cielo.