Lo que es importante y lo que no lo es


Llevo días dedicando tiempo a Things; mi aplicación de tareas. Desde hace años la tengo sincronizada entre el iPhone y el Mac. Tenía un montón de notas atrasadas en mi bandeja de entrada; no podían esperar más. Así que las fui actualizando según el caso: unas las eliminé y otras las distribuí por áreas, proyectos y prioridades. A medida que tomaba decisiones sobre cada una de ellas fui reconociendo varias cosas sobre mí:


[1] Soy un depredador de información. Me encanta capturar ideas, noticias, entrevistas… relevantes, a mi juicio. Esta faceta mía viene de lejos; de mi época universitaria y mi adicción a las noticias. Tenía tanto interés que, de la ciudad a la que iba —dentro o fuera de España—, volvía siempre con los periódicos del lugar, bien embutidos en la maleta. Incluso pedía a mis amigos un diario de recuerdo cada vez que salían de viaje. Llegué a reunir cientos de periódicos clasificados por localidades y países: desde el Yomiuri Shimbun de Tokio, pasando por el Maariv israelita, hasta el más doméstico El Progreso de Lugo. Un día, mi afán por recolectar periódicos se detuvo, a la fuerza. El papel rebosaba las estanterías y… eso me salvó. Hice de la necesidad virtud y aparqué al Diógenes noticiero en el que casi me había convertido.


[2] Cada vez soy más selectivo con las tareas/notas. Alrededor del 80% de la bandeja de entrada todavía tenía interés para mí. Hay muchas tareas/notas que se quedan en el limbo y no pasa nada.


[3] Otras se quedan sin hacer por falta de atención/gestión; lo que produce cierta mezcla entre nostalgia y culpabilidad. Algunas son recuperables, pero otras están definitivamente perdidas, y con ellas… ¡Quién sabe el impacto que hubieran tenido!


Ante esta visión dramática, varias preguntas me asaltan: «Sí, pero de todas esas tareas/notas, ¿cuántas podrían etiquetarse como verdaderamente importantes?; y otra cuestión previa más importante: ¿QUÉ ENTIENDO YO POR IMPORTANCIA?». Y aquí es a donde quería llegar. Centremos el tiro:


A# Alguien/algo es importante en la medida en que le doy valor, un valor que se demuestra en acciones concretas. Puede haber muchas cosas que considero importantes, pero si no me mueven… ¡Ya puedo olvidarme!: No son importantes, o no lo son suficientemente.


B# Cuando le doy valor a eso en concreto es porque eso funciona para mi vida, al margen de que yo tenga o no tenga razón. Todo depende de la idea de «vida» que he construido para mí, de mi estilo personal de vida. Lo que para mí es importante, puede no serlo para ti.


C# La importancia pone el foco sobre las cosas, la falta de importancia se lo quita. Pienso en todos esos cientos, miles de pensamientos, personas, recuerdos, problemas, noticias… en los que mi mente pone el foco cada día. La mayoría son irrelevantes, sin embargo… les doy valor en la medida en que mi atención —de modo consciente o inconsciente— apunta hacía ellas.


D# La importancia tiene un carácter emocional evidente, y la emoción alimenta la actitud vital. Cuando hay algo/alguien que creo que es importante para mí, allá va la emoción. Recuerda: «Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» Mt 6, 21-22.


E# No querer saber lo que, de verdad, a uno le importa tiene consecuencias graves: (1) Vivir dando tumbos de un lado a otro. (2) Que otros me lleven donde quieren. En ambos casos, el resultado tiene un nombre: frustración. Y de la frustración a la desesperanza, al escepticismo hay un paso muy corto. Pero hay otra consecuencia más sutil: (3) El engaño del beneficio secundario. En el programa Planeta Calleja, el periodista pregunta a un famoso personaje:


—¿Tú eres creyente?

—No

—¿Ni siquiera por si acaso?

—Tampoco.

—¿Nuca te has acordado de decir: «¡Oye…!». ¿Nunca has dicho…: «Si ahí alguien ahí…?». ¿Y si te echa una mano…?

—Igual…, igual… No, no, no lo pienso. Y si hay alguien…, pues habrá alguien, pero no, no es algo que… que le de… mucho tiempo.

—Entonces, ¿tu piensas que te mueres y se acabo todo?

—Tampoco he pensado en el detalle, ¿no? Pero… (risas).

—A mí me agobia pensar que te mueres y ya no… ¡Se acabó todo! ¡No sé, ir a otro lado…!

—A mí me agobia pensar que te mueres, en general… Pero no….


Este último «Pero no…» lo dice todo: «Sé que me alimento de comida basura… Pero no…». «Con el trabajo que tengo gano una pasta, aunque apenas veo a mis hijos… Pero no…». «Tendría que ser honesto con mi equipo… Pero no…». Entendido; está muy claro: «Vamos, que no, que no y que no».


¿Y por qué esta cerrazón? Muy sencillo. Mantener el statu quo me compensa frente a la idea de un posible cambio de criterios y en consecuencia… de comportamientos. Prefiero no platearme determinadas preguntas por más importantes que sean, no vaya a ser que estas me lleven lejos de donde estoy o de donde quiero ir.

Así evitaré el dolor, cierto; pero ¿a qué precio? El precio de la superficialidad y la tibieza.

Aristóteles decía: «Seamos con nuestras vidas como arqueros que tienen un blanco». Ojalá tengas un blanco de importancia; grande, como tu corazón; desafiante como tus preguntas. Alguien dijo que los ideales de muchas personas no son más que mitos; van detrás de algo que, teniendo un valor relativo, se concibe como si tuviera valor absoluto. Mira que si tu blanco es una mierdecilla…