El poder de la gente «corriente»


Vuelvo a ver la adaptación cinematográfica de EL HOBBIT —la primera entrega de la trilogía, EL HOBBIT: UN VIAJE INESPERADO—. La escena siempre me deslumbra: Galadriel, «doncella enguirnaldada de un brillante resplandor»[1], uno de los personajes élficos de la Tierra Media, pregunta a Gandalf: «¿Por qué el mediano?». «No lo sé —responde el mago—. Saruman opina que solo un gran poder puede contener el mal, pero eso no es lo que yo he aprendido»[2].


Algunos —Saruman el Blanco, seducido por el mal, es uno de ellos—, creen que los cañones, los tanques y el dinero lo pueden todo. Otros ponen el foco en el talento innato, una ideología bien articulada o un discurso persuasivo. Todo eso, y algún que otro ingrediente más, junto o revuelto es… un gran poder; y quien lo posee, tiene en su mano cambiar el mundo, acabar con la injusticia y abrir «una nueva etapa de progreso en la historia de la humanidad». El que no lo tiene o tiene solo una pizca de ese poder siempre justificará su inacción con una letanía de excusas mientras acomoda su trasero en el sofá.


Visto así, el panorama es desolador: unos pocos tienen el poder de cambiar las cosas, mientras la inmensa mayoría —envuelta en el espejismo del dinero, la fuerza y el talento— exhibe coartadas para no hacer nada e ir a lo suyo. Los indolentes, los perezosos, dicen carecer de voluntad para emprender una tarea que les supera. Los escépticos, los que observan sin hacer nada, dudan de sus posibilidades —de las propias y de las ajenas—, y lo que aún es peor, desconfían de la Verdad. Al falso indigente siempre le falta algo: dinero, tiempo, amigos: «Es lo que hay», dice mirando al suelo. Y junto a estos retratos, hay otro, sofisticado, el del toque «estratégico» —así infla su razonamiento—; el que prefiere dormir la realidad en un cajón oscuro; como si la vida dejara de palpitar por no mirarla de frente.

Pero las cosas no son como las cree Saruman

Por el contrario, Gandalf lo ve de otro modo, y continúa: «He aprendido que son los detalles cotidianos, los gestos de la gente corriente, los que mantienen al mal a raya. Los actos sencillos de amor. ¿Por qué Bilbo Bolsón? Tal vez porque tengo miedo y él me infunde coraje»[3].


Elegir el amor supone arrinconar el miedo. Amor o miedo, ¿qué eliges? Porque «no hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor»[4], dice San Juan, el evangelista. Elegir no es fácil si faltan referentes. Por eso, Gandalf apela al testimonio del mediano; cuando este enfrenta sus miedos con decisión, entrega y valor ante el peligro.


Bilbo Bolsón, ese hobbit, soy yo cuando dejo atrás las comodidades del «hogar» y emprendo el Camino. Los recuerdos de la tranquilidad y el reposo me tientan. A veces, creo que no valgo, que no tengo fuerzas… Nacen las excusas y a punto estoy de dar la vuelta. Sin embargo, la fuerza del amor tira de mí liberándome del miedo y sus bloqueos. Las pruebas purifican mis intenciones y tengo sed… de más amor. Y no hay más fuente que Dios. Entonces, al beber su agua, noto que mi corazón se dilata y quiero abrazar a todos. San Bernardo de Claraval lo explica mejor:


«En verdad se ha dilatado mucho a sí misma [el alma]. Tiene, digo, un seno de amor amplio que abraza a todos, incluso aquellos con los que sabe que no la une vínculo alguno de la carne, no se siente seducida por la esperanza de que le harán algún beneficio, ni está obligada a corresponder a causa de algún favor recibido, ni se siente obligada, en fin, por alguna deuda. (…) Ahora bien, si extiendes tu fuerza por todas partes haciendo violencia por el reino del amor, hasta el punto de que, como un piadoso invasor, seas capaz de ocupar ese reino hasta sus más lejanas fronteras, sin cerrar las entrañas de tu piedad [1 Jn 3, 17] ni siquiera a los enemigos, haciendo bien incluso a los que odian, orando por los que te persiguen y calumnian [Mt 5, 44], procurando además ser pacífico con los que odian la paz [Sal 120,7], entonces ten la seguridad de que la anchura del cielo, la anchura de tu alma, y la altura no serán diferentes; ni tampoco será diferente su belleza»[5].


Este es el PODER de la gente corriente, desposeída de los temores del ego, invasora de las fronteras de lo imposible.

¿O acaso puede uno mismo, por su propia virtud, amar al enemigo; aquel que busca ofender y hacer daño

Amar enterrando sentimientos de agravio, perdonar y dejarse perdonar. Eso es lo que hace un ejército de personas todos los días con actos sencillos de amor. Son «millones de almas creciendo en la noche, silenciosas y humildes, constructoras y ardientes. No gritan, pero aman. No son ilustres, pero están vivas. No salen en los periódicos, pero ellas sostienen el mundo”[6].


[1]Tolkien, J. R. R. (octubre de 2000). «Los Anales de Aman». El anillo de Morgoth. ed. Christopher Tolkien, trad. Estela Gutiérrez Torres. Barcelona. Minotauro.

[2] https://www.imdb.com/title/tt0903624/ [3] Ibidem [4] Jn 4, 11-18 [5] Bernardo de Claraval. Sermones sobre el Cantar de los Cantares; ed. de Fr. José Luis Santos Gómez (Monasterio de Oseira, Orense 2000). CC 27. 11 [6] José Luis Martín Descalzo. Razones para la esperanza. Atenas, 1985. Pag. 16