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La aventura de los peces de colores


"Un grupo de pescadores capturó en un recóndito lugar del Océano Pacífico un montón de peces tropicales de exuberantes colores. Entusiasmados, pensaron que ganarían mucho dinero vendiéndolos en la ciudad. Los metieron en un contenedor separado del resto de peces y con alimento para toda la travesía. Al llegar a puerto abrieron el contenedor y, ¡sorpresa! Los peces de exuberantes colores estaban, ¡muertos! Pensaron que la comida no había sido suficiente para tan largo viaje, así que, tiempo después volvieron de nuevo con otro cargamento de peces de exuberantes colores. Esta vez alimentados a conciencia. Abrieron el contenedor y, ¡muertos otra vez! Hicieron numerosos viajes, cambiaron los contenedores, mejoraron la comida, las circunstancias del viaje, pero siempre llegaban muertos, una y otra vez. Fue un anciano y veterano pescador quien les dijo: “Cuando recojáis los peces de colores debéis sumergir un pulpo dentro del contenedor”. Desconcertados y escépticos, sin saber que más podían hacer, decidieron seguir el consejo de aquel desconocido y emprender la última travesía. Semanas después el barco volvió, abrieron el contenedor y, ¡allí estaban todos los peces de exuberantes colores! ¡Vivos! Y el pulpo, ¡también!"


Esta historia vino a mi mente mientras disfrutaba de unos días de vacaciones en uno de esos “contenedores sin pulpo", lejos de Madrid, en un pequeño pueblo de la provincia de Burgos, en una de esas casas rurales con todas las comodidades propias del lugar. Mis hijos y mi mujer me acompañaban. Los agobios del tráfico de Madrid quedaban lejos. Las preocupaciones se difuminaban. Podría ser una vida perfecta. Sin embargo, me preguntaba: ¿Durante cuánto tiempo? Sinceramente, ¿deseo que todos los días sean así? ¿Quiero que mi vida sea un "contenedor “cómodo, con buena comida y buena bebida? ¿Un lugar seguro, sin los “pulpos” de los problemas, sin los “pulpos” pelmazos; solo con los “peces” güays, ¿como yo? Y seguía preguntándome: ¿Cuándo voy a tomar la decisión –sin excusas– de vivir de acuerdo con mis principios y valores? ¿Tendré que esperar a que desaparezcan los “pulpos” de mi vida?


¡Hay tantos "pulpos"!: el “pulpo” de esa circunstancia que me bloquea, el “pulpo” de esa persona que me hace la vida imposible, el “pulpo” de la enfermedad, el "pulpo “de la falta de recursos… ¿Cuándo voy a emprender esa iniciativa que siempre estoy posponiendo? ¿Acaso el molesto "pulpo" del cambio, del riesgo y la incertidumbre se olvidará de mí algún día?


Durante unos segundos me quedé en silencio mientras contemplaba el rojizo y templado atardecer de Burgos. El tiempo suficiente para comprender que todas esas inquietudes están enraizadas en una creencia falsa –por engañosa e inútil–, que podría enunciarse así: "para ser feliz necesitaría disponer de las condiciones perfectas". Dicho de otra forma: la vida con "pulpos" me hace infeliz.

La vida sin “pulpos” es una ficción

Sin embargo, la historia de nuestro amigo nos enseña que los pulpos son buenos compañeros de viaje. ¿Cuál fue el secreto que permitió a los peces llegar vivos? ¡El pulpo! ¡El pulpo los mantuvo vivos porque, más que una amenaza real, era un estímulo para vivir! Así es; la vida sin "pulpos" es una ficción; los "pulpos" forman parte inevitable de la vida. De hecho, puedo convertir todos los "pulpos" que merodean por mi vida en amistosos aliados, en los apremios providentes que necesito para crecer.


Tengo la íntima convicción de que la vida no está hecha para el descanso; la vida está hecha, esencialmente, para crecer; para estirar el alma. No quiero la vida para aspirar al mejor acomodo. Quiero la vida para romper mis barreras y superar los obstáculos del camino. Por eso renuncio a vivir en ese perpetuo “contenedor” sin “pulpos” donde todo es seguro, confortable y previsible.

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