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Whiplash: el precio a pagar y la presión a soportar


“¡Tienes que verla! ¡Tienes que verla!”. Mi hijo no paraba de decírmelo, y al fin la vi, y tenía razón. ¡Hay que verla! Es una película extraordinaria. La historia de un joven músico por llegar a lo más alto descrita con una crudeza y una profundidad emocional escalofriantes. La película habla de dos cuestiones vitales: de un precio a pagar y de una presión a soportar. ¿Qué precio estoy dispuesto a pagar por alcanzar mis objetivos? Más aún, ¿qué precio quiero que pague mi gente por alcanzar mis objetivos? ¿Qué grado de presión estoy dispuesto a soportar? ¿Cuál es mi límite?


Muchos se rinden a la primera de cambio: “Es que me ha dicho…” “Si conocieras a mi jefe…”. “Es que no me siento cómodo…”. “Es que no me apetece…”. “Es que…”. “Es que…”. “Es que…”. Excusas, excusas, excusas; nada más que excusas. Para el combate hay que venir llorado de casa. Sin embargo, otras veces el nivel de presión no merece su precio. Entonces hay que dejarlo. Pero para tomar esa decisión hay que saber distinguir entre guerras y batallas. La guerra hay que ganarla, pero las batallas no necesariamente hay que pelearlas todas. Incluso, estratégicamente, podría elegir qué batalla librar, el sitio donde pelearla, o quizás decidir perderla.


¿La presión es mala? No necesariamente; depende de mis fuerzas para soportarla, de la dignidad moral para decir “hasta aquí hemos llegado” o de mi capacidad para recuperarme y sacar provecho de la información de retorno que me proporciona cualquier tipo de “fracaso”. De todo esto y de mucho, mucho más… trata Whiplash.



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