Un padre con corazón de hijo


Hoy día de San José, día del padre, quiero celebrarlo transcribiendo las palabras que mi hijo Eugenio, sacerdote, dirigió a una comunidad cristiana esta misma semana. ¡Atentos al contenido!... Los que somos padres, o madres, descubriremos que necesitamos algo más grande que nuestras propias fuerzas para tejer la historia de nuestros hijos.


Con motivo del 150 aniversario del decreto Quemadmodum Deus de Pío IX, por el que se declaró a san José patrono de la Iglesia Universal, el papa Francisco estableció el 8 de diciembre pasado el año de san José. Ese mismo día, dictó un decreto de indulgencias especiales y publicó la Carta apostólica PATRIS CORDE. Todo ello, con el propósito de fijar nuestra atención en la figura del esposo de María y padre adoptivo del Hijo de Dios. El papa Francisco enuncia siete rasgos centrales de San José: (1) «Padre amado», (2) «Padre en la ternura», (3) «Padre en la obediencia», (4) «Padre en la acogida», (5) «Padre de la valentía creativa», (6) «Padre trabajador» y (7) «Padre en la sombra.


Uno puede pensar: «No me extraña que eligiera a un hombre así para una misión como esta". Pero es justo al revés: Dios eligió a san José precisamente porque no estaba "preparado".


Hace tres años, cuando me ordenaron sacerdote, después de siete años de carrera de teología y formación semanal en cuestiones humanas y espirituales, de tener la eucaristía diaria, de recibir dirección espiritual semanal, entrevista personal con el formador cada quince días, ejercicios espirituales anuales, oraciones, retiros, catequesis, pastoral... Después de todo eso, necesité solo un día para darme cuenta de que no estaba preparado y de que nunca lo estaría. Levantando el «misterio de la fe» en mis manos y esperando, temblando de miedo, a que llegase la primera persona al confesionario.


Uno intenta actuar con solemnidad para que no parezca que estás de los nervios, pero por dentro sabes que la tarea te sobrepasa.


Creo que se parece al padre/madre que sostiene por primera vez a su hijo en brazos. El vértigo se mezcla con la alegría y aunque ha podido preparar la habitación del niño y comprar cien bolsas de pañales, de alguna forma descubre que a quien tiene en brazos es un misterio insondable.

Uno tiene la sensación de que se le ha encomendado algo muy superior a su preparación

Creo que, de hecho, si uno se sintiera preparado ante la misión de ser padre, alguien le tendría que bajar de las nubes y situarle ante la realidad. Para un cristiano, entender esto es muy importante, porque Dios, constantemente, le está proponiendo entregar la vida en situaciones que superan las propias fuerzas, la voluntad, la inteligencia... y sería un error pensar que uno debe sentirte preparado. Hago un inciso para que nadie se confunda: no estoy diciendo que no haya que preparase, sino que Dios no espera a que estés preparado.


Con el tiempo, la situación de vértigo va disminuyendo, porque es muy difícil afrontar la misión que Dios te da con la sensación continua de no sentirse preparado. Por eso uno tiende a «rebajar» la misión, a mundanizarla, a hacerla asequible despojándola de la profundidad del misterio que encierra. Y así, acomodamos la tarea a nuestra incapacidad.


Celebrar la misa sin abrirse al misterio, predicar desde mis ideas brillantes y no arrodillándome ante la Palabra de Dios, confesar dando mi receta particular y no retirándome yo para que se manifieste la misericordia de Dios en su grandeza, aprovechar mi autoridad y desechar el servicio... y muchas cosas más, en las que, por no querer afrontar la tarea en su magnitud para no sentirme pequeño e incapaz, corro el riesgo de mundanizar la misión para sentirme cómodo en ella.


Dios no esperó a que san José se sintiera preparado, a que tuviese un corazón de padre, porque ¿quién podía estar preparado para ser el esposo de la Virgen María y el padre adoptivo del Hijo de Dios?

Dios es el que le dio el corazón de padre

Entonces, uno podría decir, si la condición para elegir a san José es que no estaba preparado, entonces podía haber elegido a cualquiera. Si y no. Faltaba otra condición. Que san José dijese «sí» al plan de Dios. Porque, ¿quién en su sano juicio habría dicho que sí a un plan semejante sin sentirse preparado?


Dios no eligió a san José porque tuviera un corazón de padre —era Él quien se lo iba a dar—. Dios eligió a san José porque tenía un corazón de hijo.


Cuando un padre tira a su hijo pequeño al aire y lo vuelve a coger, el niño no se asusta ni desconfía del padre. Al revés, el niño se ríe y disfruta, e incluso pide que siga. Porque el niño, que no tiene ninguna seguridad por sí mismo, vive de la seguridad que sí tiene su padre. El niño, que no tiene ninguna confianza ni capacidad, vive de la confianza que sí tiene su padre.


Solo quien tiene un corazón de hijo es capaz de decir que «sí» al plan del Padre, aunque no se sienta capaz o preparado, aunque vea que no es el mejor momento, aunque otros le digan que no haga caso. Solo quien tiene un corazón de hijo dice que sí. Porque ese sí no se sostiene en sus propias fuerzas, capacidades o criterios, sino en las fuerzas, capacidades y criterios del Padre.


El corazón de san José es un corazón de hijo porque es dócil y obediente a los designios de Dios. Es humilde y no impone su criterio, no se rebela ante la voluntad de Dios, sino que prefiere el silencio y situarse en segundo plano para no estorbar con su protagonismo. Confía en Dios en cualquier circunstancia, pero entiende al mismo tiempo que eso no le exime de poner toda su vida en juego.


Cuando uno no se siente preparado, pero tiene un corazón de hijo, entonces no mundaniza su tarea porque tiene siempre al Padre como origen de su misión. No la mundaniza, pero sí la vuelve cotidiana. Y esto es precioso: porque en la vida de la Sagrada Familia, san José no iba incensando a Jesús y a María, sino que vivía una hermosa armonía entre lo sagrado y lo cotidiano, entre el misterio y lo ordinario.


En estos tres años de sacerdocio he descubierto que necesito tener un corazón de hijo para que Dios me de un corazón de padre. Es precisamente tener un corazón de hijo lo que me hace estar abierto a descubrir a Dios y su voluntad en la abuelilla que te cuenta su vida justo cuando tenías que hacer algo urgente. Tener un corazón de hijo me ayuda a no rebelarme contra Dios cuando estoy muy cansado o algo me pilla desprevenido. Tener un corazón de hijo me ayuda a acoger lo que viene del Padre. A disponerme con reverencia a los sacramentos y con ternura a los sufrimientos, con alegría a las dificultades y con confianza a las contrariedades. Tener un corazón de hijo me ayuda a ver en lo ordinario y cotidiano la presencia santificadora de Dios de una manera armoniosa.


Tener un corazón de hijo es algo que ya pertenece a nuestra identidad por el bautismo y, por tanto, vivir como tal, es la condición necesaria para que el Padre pueda mostrarnos y nosotros acoger su voluntad.


Dice el papa Francisco en Patris Corde: «La vida espiritual de José no nos muestra una vía que explica, sino una vía que acoge». El Padre entrega, el Hijo acoge.


San José, incapaz de la misión, con corazón de hijo, acogió del Padre un corazón de padre.

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